EL MATADERO
Esteban Echeverría · Escrito 1838/40 · Publicado póstumamente en 1871
EL MATADERO
Esteban Echeverría

Sinopsis
En un matadero bonaerense, una multitud federal captura a un joven unitario y lo somete a una sesión de tortura y humillación que termina en su muerte. El cuerpo como campo de batalla político; la violencia colectiva como sistema.
Operación literaria central
La conversión del espacio de producción económica en alegoría del poder político: el matadero como lugar donde la misma lógica que organiza la faena del ganado organiza el ejercicio de la violencia estatal sobre los cuerpos de sus adversarios.
Análisis extendido
En el centro del primer cuento de la literatura argentina hay un cuerpo atado a una mesa. Sin juicio ni sentencia, bastó con ingresar al espacio equivocado porque quien entra sin ser de los suyos sale descuartizado o no sale.
«El matadero» de Esteban Echeverría es el texto que funda la literatura argentina, y lo hace con una operación que ningún cuento posterior ha podido ignorar del todo: convierte un espacio de producción económica (el lugar donde se mata ganado para alimentar a la ciudad) en una máquina de legibilidad política. La misma lógica que organiza la faena organiza la represión.
El narrador ni es imparcial ni pretende serlo. Al contrario, es un unitario ilustrado e intensamente hostil al rosismo. Su mirada sobre los federales está cargada de desprecio y los describe con una violencia verbal que revela la que es, probablemente, la tensión más interesante del relato: para denunciar la barbarie del adversario, el texto reproduce mecanismos semejantes de deshumanización. Esa contradicción es la razón por las que sigue siendo una obra tan productiva para leer hoy. Lo que el narrador no puede controlar dice tanto como lo que deliberadamente argumenta.
El cuento tiene una estructura cuidadosamente construida, bipartita, que primero dilata y después contrae. La primera parte se demora en la descripción del matadero durante la cuaresma, en la organización interna del lugar y en la pintura de personajes y costumbres. En medio de eso aparece el toro que arranca la cabeza de un niño en medio de una escena costumbrista sin que el narrador se altere, una frialdad sorprendente. Esa violencia integrada a la vida cotidiana anticipa algo que luego va a recorrer gran parte de la literatura argentina posterior.
La segunda parte del cuento concentra la acción en un joven unitario que es capturado y llevado al matadero para ser humillado y sometido pero que, sin embargo, no muere bajo los cuchillos de sus enemigos sino por la ruptura de una arteria, producto de la rabia y de la resistencia desesperada de un cuerpo que se niega a ser degradado. Es una muerte extraña, sin el heroísmo clásico de los románticos, pero probablemente por eso resulta tan poderosa.
El matadero dialoga con el romanticismo europeo pero lo rioplatiniza con problemas profundamente locales. El héroe romántico deja la melancolía universal y se entrega a un conflicto político concreto. De este modo, el cuento inaugura una tradición que hace de la violencia estatal, de los cuerpos y de los espacios sociales una materia privilegiada para la literatura. En esa línea, que llega hasta Rodolfo Walsh, persiste una misma pregunta: ¿cómo se narra lo que el poder hace con los cuerpos de sus adversarios? La distancia de más de un siglo entre los autores mide el recorrido de esa pregunta en la literatura argentina, no su resolución.
Este cuento está en el corpus principal porque sin él es difícil pensar un mapa de la literatura argentina. Es verdad que no es el mejor escrito ni el más complejo de los cien que se pretende seleccionar. Tiene excesos retóricos, algunos personajes funcionan más como símbolos que como personas y abunda en digresiones extensas. Pero también es cierto que es en este cuento donde aparecen por primera vez problemas que la narrativa argentina no dejará de interrogar nunca más: la violencia política, las tensiones entre lengua culta y habla popular y el espacio como territorio de disputa.
Empezar por El matadero es reconocer que muchas de las preguntas que todavía atraviesan nuestra literatura ya estaban formuladas con lucidez desde el comienzo.